
Ganar. A cualquier precio. No importa qué podamos dejar atrás, los valores que dejemos empeñados, para volver cuando podamos a por ellos… Ganar es el objetivo.
Triunfar. El triunfo que lleva tu cara, tu cuerpo, tu corazón. Pero no tiene tus tripas, tus sueños, tus anhelos. Ante todos, serás un triunfador. En los vasos canopos del triunfo, ahí está tu alma, momificada.
Vencer. Todas las guerras buscan vencer. Habrá bajas: pero la gloria de la victoria, aplastar al enemigo, ese monstruo con ojos, piernas, brazos y cuerpos tan parecidos al mío que merece ser triturado por mi necesidad de trascender a sus muertes para certificar la de mi alma, pues el campo de batalla, casquillos, tanques ardiendo, niños despellejados, ancianos desmembrados, huele a victoria.
Amplificar. Hasta la sordera. Aquello que quiero que todo el mundo escuche, aunque sea un martillo en sus tímpanos. Quiero que la gente reconozca que, en algún lugar de lo que proclamo, hay algo reconocible, algo familiar a lo que agarrarse para sentir el estimulante arrullo del común sentimiento, soporífera melodía que certifica que estoy vivo…
“Comamos mierda. Cien mil millones de moscas no se pueden equivocar.”