Pues claro que no lo somos. El tiempo pasa inexorablemente y nos va modelando por dentro. Antes creía que nos esculpía: Pero me he dado cuenta que hay un matiz maravilloso. Mientras que esculpir se hace en piedra, modelar se hace en arcilla. Eso supone una capacidad de modificación, sin romper, sin perder la característica esencial del ser humano, que no es otra que la de evolucionar.

Queda claro que no soy creacionista. Soy más bien darwiniano. Creo en la evolución como valor fundamental, como prueba evidente de la existencia de Dios. Y cuanto más tiempo pasa, más siento que es muy necesario cambiar.

Y digo cambio como cualidad, hecho asociado a la vida.

Cuando no hay cambios, cuando la sangre no corre por las venas, el aire no hincha los pulmones; cuando no hay agua en los ríos, cauces secos como los huesos al sol en un valle, sólo podemos constatar que la muerte ha llegado.

Y puedo resucitar. Pero la muerte es la prueba de que el cambio posible en ésta vida presente ha terminado. Podré volver a la vida, resucitando, pero no es la vida original pues interviene una fuerza mayor que me saca, del abismo, a la conciencia.

Espeso. Ya sé que es espeso. Pero en la resurrección interviene Dios mismo mientras que en la vida de antes, desde la libertad que Dios me otorga desde mi concepción, voy actuando, buscando, cambiando.