La inmensidad del océano. Planicie verde o azul océano según lo perciba cada ojo que otee el horizonte. Montañoso, brutal, violento; brumoso y gris, espejo de la tormenta en ciernes. Barcos que dibujan fútiles sendas, desaparecen, tras la blanca espuma, que intentan tatuar las rutas. Pero, éstas, sólo están dibujadas para el ojo experto, el sextante, la Estrella Polar. El océano es un desierto acuoso.

 

Tostado o blanco. De rocas abrasadas por el implacable sol, blanqueándolas como a los huesos de los bóvidos que no tuvieron oportunidad de sobrevivir. Cubierto de nubes, el desierto se vincula con ellas a través de la tormenta eléctrica que culebrea y lanza sus venas hechas rayos, centellas; las tormentas de arena cubren cualquier rastro de vida: tras ellas, renace el paisaje. Es el desierto un océano de arena.

 

Y ambas perspectivas se tocan cual romance. La playa, arenosa se besa con las mareas. El mar, hace lo propio acariciando con la espuma las conchenas, los cangrejos que huyen marcha atrás.

 

El habitante del desierto, que sólo conoce la sequedad y las piedras, cree que el agua es aquello que nace en el oasis. El habitante del mar piensa que el desierto es el lecho donde caminan los cadáveres de todos los peces, cetáceos que trazaron líneas a través de la corriente…

 

En el vientre del mar y del desierto, hay vida…

 

Hasta aquí, la poesía.

 

La experiencia que tengo de Dios es absolutamente fundante. Pero no define la naturaleza divina. Lo que sí lo hace es la pluriformidad de su esencia. Por ello, lo mío, mi experiencia es una de tantas. No es la realidad. Es una de tantas. Tantas que son cercanas para dejarse experimentar, tocar: y te alegran pues hablan del mismo Dios que hace que “el alma glorifique al Señor”.

 

Por ello, sea a través de la experiencia vital, del modo de cantar la belleza o de compartir el pan, es necesario dejar de excluir lo que no viví para vivir a quien no excluye a nadie.