Últimamente están yéndose buenos amigos. Gente que ha aportado luz a la existencia, que ha seguido con convicción sus valores y que ya no están. Pero que siguen presentes por su valentía, su coraje: su corazón sigue latiendo en cada uno de nosotros.

Y, sin embargo, la muerte llega como bálsamo en algunos casos pues es consecuencia de un gran dolor, una degradación insufrible, un deseado final para quienes marchan y quienes quedan.

Cuando el tiempo va pasando, te das cuenta de que deseabas que llegara el momento de la liberación. Pero que, tras el merecido descanso, comienza a llenarte una sensación negra, un ruido sordo, un ahogo de ansiedad. ¿Qué es lo que me falta? ¿Tu presencia? No, porque estás en cada lugar que visito, cada clic del interruptor de la luz, cada ding del microondas. Las tostadas saltan con el mismo resorte, y me dan ganas de decir tu nombre para tomar el café, la infusión: olores que me traen el sonido de tus pasos por el pasillo, tu broma tonta al coger la taza…

No. No me faltas porque no me has dejado. Justo al lado de mi conciencia, de mi identidad, a mi lado están tus gafas, la esponja en la ducha, el olor de tu colonia.

Me falta que no me dejes así: ansiando tu voz por las mañanas, cantando y murmurando las letras que no nos sabíamos pero que nos encantaban. Echo de menos los besos que no me diste: pero, sobre todo, los que no te di. Quizá el perdón es lo que necesito. El que me debo a mí porque no pasa nada si no se posaron en tu piel. Los llevo tatuados en los labios, esperando a dártelos, con intereses, bajo la luz o envueltos en ella…

¿Cómo puede un vacío tan grande llenarlo todo? ¿No es acaso un oxímoron?

(* Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido.)