
Quiero vivir en paz porque me parece un estado deseable. Creo que es tan profundo que cuesta trabajo adivinar el fondo. Y me imagino una vida en la que los problemas me hacen crecer en un entorno de paz, pues profundizo en la capacidad que tengo de ir mucho más allá de lo que me han dicho. Quienes me lo dijeron no supieron, o no quisieron romper el techo de cristal. Y determinaron que su propia frontera era el Finis Terrae de todos.
¡Qué estupidez!
Cree el río cuando nace que la voluptuosidad de los saltos es todo. Pero lo es también el curso medio, los meandros y los afluentes que aportan tanta vida; más aún: la corriente que supone el río que será eterna se vuelve inmensidad, oleaje brutal, galerna rugiente, espuma infinita cuando fecunda el océano.
¡Qué equivocado estaba el río cuando nació! Iba directo a la inmortalidad sin saberlo.
Por eso, seguiré contemplando historias llenas de brutalidad, de sinsentido: de líneas históricas que suenan repetidas porque no son nada originales. La guerra que se ventila en cada serie, cada trabajo, cada deporte, cada religión habla de la perversión nunca contestada de un argumento fallido, un lamentable error repetido en bucle: como si fuera a cambiar el resultado.
Quiero vivir en paz. Con la tierra que me soporta al pisarla. Con la lluvia que moja y nutre los campos. Al río también. Con mis hermanos. ¡Qué difícil es vivir en paz con mis hermanos! Pero me resulta mucho más difícil certificar que, la ausencia de paz en todas sus formas, sólo me traerá tristeza.