
Vivo un tiempo raro. Aquello que parecía inmutable, se ha mostrado frágil; lo eterno se ha quedado sin pilas: el faro no ilumina.
Y vuelven los momentos en los que quieres salir corriendo e intentar comprender por qué no se cumplen los contratos, los acuerdos que nos costaron tanto tiempo negociar, las certezas que hoy son sal en el agua de un cubo, de un río: del océano.
Tras el shock inicial, lloro porque no lo entiendo. Las historias no se repiten porque hemos aprendido de los errores, ¿no? Y no es que sean de otros. Lo son de mi propia vida, con todos los actores, actrices, figurantes y localizaciones bien conocidas.
Pero es como si tuviera la memoria de un pez: contemplo las mismas historias con otros protagonistas. Y mueren los soldados en el campo de batalla, los desplazados en los de refugiados, los amores eternos, las mejores conversaciones…
En este concierto escucho rítmicamente, como si de un disco rayado se tratara, el mismo mensaje una y otra vez.
Y concluyo que no estoy para cumplir un guion a pie juntillas. Vivo para ser feliz. Y debe ser que el resto de los vivientes tienen el mismo objetivo, la misma ilusión.
Miro al suelo. Y veo los pedazos de las vidas que ya no serán comunes, los trozos de papel que se vuelan con el viento del olvido, ese que sopla fuerte para que duela menos: hechos añicos, los proyectos que debían nacer con un llanto y, tras él, un abrazo una sonrisa: la esperanza.
Y la vida comienza a tejer de nuevo la realidad. Penélope deshace el tapiz para tejerlo de nuevo. Los restos del amor comienzan a dibujar sobre el suelo, con las teselas de todas las experiencias, un nuevo mosaico. Antiguo, pues son bien conocidas; nuevo, porque se reinventa con la vida que nos queda.