Me anda dando vueltas en la cabeza una cosilla que creo que es interesante. ¿A quién le gusta ser pobre? La teoría dice que a nadie. La práctica dice que a nadie pues, quienes viven en la pobreza extrema, sin saber nadar, se embarcan en pateras huyendo de ellas aún a riesgo de morir.

Todo esto surge porque Dios se hizo pobre desde el principio. Y eso me da que pensar pues, entre los pobres, la pobreza es la misma: carecer del mínimo indispensable para vivir. Sin embargo, hay muchos tipos de riqueza. Y de ésta última, los ricos se pavonean y hacen alarde de ella. No conozco a ningún pobre de solemnidad que, en sus redes sociales, haga publicidad de su situación. No es para vanagloriarse. Y, sin embargo, Jesús se hizo pobre. Y no fue para establecer una frontera entre quien no tiene y quien posee. Mientras la riqueza se atesora, la pobreza se vive; es sutil la diferencia. Y no hay dinero en el mundo que sacie el ansia del vil metal de quien mucho posee.

No hay solidaridad entre los ricos. Sólo hay comunidad de intereses. Sin embargo, la historia nos da buenos ejemplos de fraternidad entre los que nada tienen. Y creo que por ahí va el asunto. Quien la conoce, no la desea para nadie: por eso comparten. Si hay bondad es para todos. “Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios.”

Por todo aquello que es pura fabulación desde mi posición, en la que como tres veces al día, pido perdón. No quiero ser solidario con los pobres: quiero ser hermano. Y decir, como el de Molokai, “nosotros los leprosos”.