Hoy es domingo: el día del Señor. Del Señor, Señor tú sabes. Y me ha dado por pensar en cuántos días del Señor, cuántos memoriales de la pasión, muerte y resurrección se han dado a través de la historia D.C. Y he echado la cuenta. Son 52 semanas por año; si han pasado 2022 años, hemos celebrado 105144 misas. (sólo los domingos, que se dice pronto) Todo esto en el entorno católico. Si extendemos a las familias cercanas, serán muchas más.

A lo que voy es que es un motivo de alegría que Jesús quisiera quedarse con nosotros. Lo que me hace dudar es que “haya que hacerlo, porque es un deber, un mandato”. Siempre he pensado que es un poco dictatorial, imponer el amor por decreto. Y digo esto porque los dictadores aman ser amados cuando ellos deciden… Y, siguiendo con esto de pensar, he vuelto a un axioma que se me presenta cada cierto tiempo: “Si quieres desactivar una buena idea, domestícala”. El sacramento de nuestra fe se ha convertido en un mandamiento de la iglesia; el Evangelio, en una religión cuando es “el modo de vida”; la nostalgia, la mejor manera de ensimismar al pueblo…

2022 velas en la tarta de la historia. Y un vaciamiento de contenidos gradual e inexorable. Me da a mí que es mucho más bonito cuando alguien quiere, de corazón, porque lo desea con todo su ser, celebrar.

Levantar mausoleos a los próceres de la patria, repartir trozos de santo por todo el orbe, buscar apariciones marianas para reforzar nuestra fe, con la consiguiente parafernalia y merchandaisin, no es una buena manera de encontrarnos con quien es la fuente de toda alegría.

Y bueno. Hasta aquí la reflexión dominical. En mi corazón, pido con todas mis fuerzas, que el amor que profese no sea un aniversario, ni una llamada a filas: que cuando vaya a la Eucaristía, vaya vestido de fiesta y no de funeral: quiero que sea, verdaderamente, un encuentro con el Dios que hace tanto por mí.