Ha habido muchas. Pero parece que no pueden permanecer. Como las flores, se marchitan pronto y, ni siquiera con el arduo trabajo de las abejas, se consigue que duren. La primavera es una expresión exagerada de vida, un abuso, una adolescencia vital, sin frenos ni nada… Y, como brilla el doble, dura la mitad.

Y hubo primavera en París, en mayo era por mayo; la hubo en Portugal. Hubo primaveras durante las guerras de Corea y de Vietnam, flower power; y, ya últimamente, la primavera árabe y, aquí en España, el 15-M. Toda una declaración de intenciones, una explosión de alegría, un solo corazón latiendo…

Pero, si quieres desactivar una buena idea, domestícala. Ya no queda rastro de pretéritas primaveras. Como dice la canción, sólo cenizas; de nuestra primavera en la Puerta del Sol ya no queda nada. Sólo el divorcio grosero y faltón de la pareja formada por la idea y la praxis, donde la última siempre gana. Somos los mismos envueltos en novedad, dice Bosé; anestesiada el hambre de justicia, decidieron hacerse enemigos de todos desde el poder para justificar y convencernos de que siguen en la lucha.

Idiota.

No es posible estar en el poder y no sentir su embriagador perfume, insoportable erótica, su descerebrante efecto secundario; después de una cardiotomía, se erigieron como adalides de todo lo antisistema que condura el sistema. Se chutan en vena la posverdad para distanciarse de la vieja política cuando es la misma que dopa a mediocres, trumpistas y salvadores de la patria.

Y volverá. Retornará la primavera. Esta vez con una insoportable desproporción. Habrá polen para atascar los molinos de viento, tormentas que arrastrarán todos los cultivos, heladas que marchitarán las flores del almendro… Siempre excesiva y burlona, nos recordará la utopía: aquella que es lo que ha de venir y no lo que los prácticos pregonan como imposible. Voluptuosa, nos recordará nuestro amor primero, donde cabemos todos o no cabe ni Dios.