
¡Qué buena pregunta! ¿Qué necesidad tenemos de creer? Con el respeto debido a todos los que no estarán de acuerdo conmigo, yo quiero hacer una defensa cerrada de algo tan antiguo como el núcleo terrestre. Voy a ello.
Creer es decidir. Ser coherente con lo que dices que es importante en tu vida. Y eso es un ejercicio de consciencia permanente, pocas veces alcanzada y muchas veces fracaso. Pero, por utilizar un recurso manido, la alternativa no es atractiva: es bailar con la más fea, es vivir en el desasosiego, la desdicha que te condena al devenir de las estaciones, de la moda, de quienes no tienen valores y dicen qué y qué no hay que pensar.
Creer es un acto de valentía y de estupidez al mismo tiempo, pues no se ciñe a modas.
Quien no cree compensa el vacío que sólo la trascendencia aporta a la vida con cosas que, como todos los sucedáneos, a la postre, te hacen subir el colesterol, el cortisol, la tristeza, el enfado y la frustración.
Y ¿qué hay de malo en creer en alguien, o algo que hace que seas mejor persona? ¿Qué daño puede hacer que pienses que, quien tienes delante, es tan digno de lo que tú quieres como tú mismo?
Trascender, ir más allá…
Me parecen mucho más perniciosas aquellas actitudes que favorecen el instinto sobre la razón, la pereza sobre la voluntad, la inhibición sobre la implicación… Dudo de quienes atacan a quienes creen en un mundo distinto, unas relaciones fraternas, una humanidad en paz.
Me parece que no hay nada más razonable que quererse mucho. Así, estaremos entrenados para querer, amar al prójimo.