
Lo bueno de tener una experiencia fundante es que te mueres por compartirla. La verdad es que, con las redes sociales, compartes hasta la compra de un colador ecológico… A lo que voy. En mi caso, desde niño, canté junto a mis hermanos lo que Dios iba susurrando a través de la Palabra, de los encuentros, de los recitales, viajes… Y fue propiciando los discos, las experiencias que fueron trocándose en letras, cantos de oración…
Ahora me veo en una situación similar, pero con una conciencia bien distinta. Ahora certifico que las canciones son seres vivos cuyo corazón comienza a latir cuando ellas quieren. No puedo hacer las canciones que me gustaría: escribo aquellas que quieren ser escritas: la piedra filosofal del asunto siempre es que no quieren ser menos: quieren ser ellas.
Por ello, con prudencia, creo que he de ser muy honesto a la hora de ponerme a tiro, de crear; porque se trata de creer y comunicar contenidos que verdaderamente pueden cambiar la forma de mirar de otros; lo alucinante es que las canciones conectan su corazón con algunos de los que las escuchan; ahí, la belleza se vuelve casi insoportable pues algunos dicen que se identifican con ellas. Son suyas. Como una vez me dijo un preso en el módulo hospital, “cántame esta canción”. Y yo le pregunté por qué si no había empezado siquiera: él me dijo que la letra era como si la hubiera escrito él, para él…
Canto porque, como decía Pablo, “Ay de mí si no evangelizara”: si no comunicara la belleza que recibí, sería mal gestor de aquello que recibí de quien me dio nombre en el vientre de mi madre.