“Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.”

Como definición, me parece escasa; pero creo que la tomaré como inicio. Relación con la divinidad y normas morales para la conducta individual y social. Es aquello que otorga convicción al individuo para relacionarse con sus semejantes. Es motor de comportamiento…

Y, como las estaciones cuando las había, vuelve esta reflexión. Toda religión debería servir, en primera instancia, para hacer feliz al individuo. De ese modo y por capilaridad, la sociedad sería feliz pues todos y cada uno de los creyentes procurarían la felicidad a sus semejantes, pues compartirían lo que viven.

La realidad es que las religiones son bastiones identitarios, búnkeres en los que nos alojamos para sentir que poseemos la verdad. No deja de ser curioso que lo que debería ser la constatación de la belleza plural de la divinidad en cada cultura se constituye en razón de conflicto.

Por la religión a las mujeres se las denosta. Que cada uno mire la suya, pero los techos de cristal son sólo el nombre: son techos de hormigón por los que no son dignas de tantas cosas de las que el hombre, por la razón de serlo, no tienen ni que mencionarlo.

Dentro de cada religión están luego las ligas inferiores: regional preferente, de segunda y de tercera, como los vagones; las sectas que pretenden enmendar los errores, supuestos, de la primigenia, haciendo verdad sólo una parte del todo y erigiéndose en adalides de ella. Más de lo mismo.

La religión ha de ser la razón gratuita para encontrarnos. El cruce de caminos donde conversar, compartir. Combustible de la empatía, empoderador de la humanidad que todos compartimos. La paz que nos lleva a buscar todo lo que nos une y nos enseña a transitar en la diversidad. Digo yo…