Pedir (Expresar a alguien la necesidad o el deseo de algo para que lo satisfaga) es una costumbre, un deporte, un derecho; parece que es potestativo de quien puede hacerlo pues, al hacerlo, parece que tiene alternativa.

En este tiempo en el que pedimos por la paz, pues nuestro modo de vida se ve amenazado por las ínfulas del nuevo zar; por la remisión de la pandemia, pues está afectando a todos los ámbitos sociales, desde los ancianos a los más jóvenes… Que nos toque la lotería, como si no nos hubiera tocado al haber nacido en Europa, que encuentre un trabajo, que el amor llene todos los rincones que no esté ocupados por la barbarie consumista: en fin. Una pléyade de posibilidades.

Rezar, pedir a Dios, que haya más vocaciones religiosas, al ministerio sacerdotal… Que nuestro movimiento, u otro para no hacer distingos, sea más fecundo. (esto quiere decir que seamos cada vez más). Todo es una cuestión de números, siempre al alza, para cualquier provechoso empeño.

Y mira que sabemos hacerlo: ya sea llorando, cuando niños; con rabietas, hasta la adolescencia o a través de la violencia, tácita y explícita, pedimos con eficacia profesional: con estilo y perseverancia. Pero la dignidad no llega ni como Dios quiere ni como nosotros creemos que Dios quiere.

Yo ya no rezo para conseguir algo. Pues, a pesar de las lecturas que hablan sobre el tema, me parece que es mucho más interesante ser coherentes. Si, por ventura pudiera pedir algo plausible, sería vivir verdaderamente conforme a los valores que, sobre el papel, fundamentan mi existencia.

Resumiendo: pediré, como dice una canción, “porque el mundo no cambie mi vida”; que, si ha de ser en la tierra como en el cielo, sea en mí como en aquellos en los que reconozco la bondad del dios del Amor.