
Hoy he intentado recordar cómo decía mi madre su nombre. Y no he podido. No sé si, cuando le preguntaban, decía “soy Rosi” o “María Rosa”. No tiene mayor importancia. O sí.
De un modo u otro, cada uno le hemos puesto el nombre, el adjetivo que nos servía para poner significante a un significado inabarcable. Creo que no sé quién es mi madre porque es eso: mi madre. Eso le otorga toda la autoridad, toda la fuerza, toda la capacidad de sufrir hasta lo inimaginable: capaz de instaurar la paz en una guerra civil, ser luz en la tiniebla más profunda.
Negra, negra: más negra que la ausencia de toda luz, pues la esperanza iluminaría algo esa tiña, chapapote en el alma que apelmaza su lengua; incapaz de pedir: sólo agua…
¿Qué será lo mejor en una jornada en la que el sueño, la comida y el silencio son rítmicamente cadentes? Una cárcel tiene amaneceres. Esta prisión, las puertas abiertas, los ojos llenos de luz; el agua, mojando los pies… pero no tiene libertad condicional. Es una cadena, fingiendo ser libertad, que clava sus argollas en la memoria y en el ánimo: la voz y los pasos que arrastran zapatillas que nada saben de barro; pies que no se cubren de la sal marina, de las conchenas, de las conchenas.
¿Quién pudiera mirar los ojos de mi madre y sentirse asfixiado por su tristeza? Por lo menos, podría buscar la llave de su celda, encendería antorchas en la galería de la oscura mina que ensucia sus manos: para lavárselas y besarlas hasta que escribieran mi nombre en su voz, en sus labios.
Rosa es tu nombre.