Estoy recibiendo una ingente cantidad de propuestas a través de todas las digitales maneras posibles para orar por el fin de la pandemia. Y todas son loables.

Lo que no me ha quedado claro es cuál es la pandemia que queremos que sea vencida. ¿Quizá sea la que más nos afecta a los occidentales de a pie? Jodiditos porque no podemos seguir polucionando como solíamos hacer: Así, sin medida, ni conocimiento: Como si no tuviéramos alternativa.

¡Ah! ¿Es esa? Vaya. ¡Qué tontería! Creía que hablábamos de rezar porque la pandemia de la desigualdad entre países terminara ya. Que la explotación de los países pobres acabara: Que sus explotadores, nosotros, dejáramos crecer sus sociedades en libertad… Esas memeces.

O no será quizá que la lucha contra el cambio climático sea una prioridad y no un pasatiempo para aburridos adolescentes tiktokers…

Mejor aún: La pandemia que condena a la educación a estar en manos de interesados políticos. O no: ¡Espera, espera! Que la sanidad deje de ser privatizada para ser un verdadero servicio público y de calidad y no un juguete roto en manos de quienes hacen negocio con la vida y salud de los usuarios. (y sus trabajadores)

¡Hay tantas pandemias con las que coexistimos! La de los machitos machotes que creen que las mujeres son propiedades y no personas. La de mujeres que creen que, estar bajo la bota de machotes machitos, a ritmo de reguetón o rumba, es una forma de vivir. La pandemia de aguantar golpes y peticiones de perdón como si fueran el pan nuestro de cada día…

Un sarpullido de puta madre me sale cada vez que el cortoplacismo se instala en nuestra memoria a corto plazo, para ocuparla por completo, impidiendo la visión con perspectiva.

La pandemia global es la que cree que, un muerto evitable, es una baja aceptable.