
El suelo crujía bajo mis pies. Con ese sonido de pan tostado. En algunos momentos parecía quejarse bajo mi peso. El sonido tétrico de la puerta abriéndose, daba paso a una oscuridad que bañaba mis ojos: se contagiaban mis entrañas de sombras que, a chorros, caían desde mis pupilas pues parecía que nunca saldría de este lugar. Pudo ser caverna, pudo ser mazmorra: daba igual. La opaca negrura no me permitía discernir.
Parecióme, acariciando la pared, encontrar algo que me resultó familiar. Pulsé lo que creí que era un interruptor. De pronto, los voltios retenidos en los cables, la intensidad de la corriente y los watios de la bombilla se confabularon contra la telúrica negrura descubriendo una estancia que me resultó familiar. Se hizo la luz y todo pareció distinto. Disipada la crispación de lo desconocido, se asentó la calma. El milagro de la luz colocó los miedos en su sitio.
A todas las lóbregas estancias a las que nuestra vida le puso por defecto un interruptor que pulsar, y así demostrar que los miedos, sin duda, son fruto de la irracionalidad o de la manipulación que nos robó su recuerdo, su verdad, les dedico este textillo.
Me lo dedico a mí. Porque busco milagros, pido luz, cuando vivo inmerso en ellos. Porque, con ello, falto al respeto a todos para los que, estar vivo, es un milagro. A quienes creyeron que eliminar a sus hermanos era la solución, les digo: ciegos por vuestra locura, sólo veis el resplandor de vuestras bombas, aciaga luz.
La luz es darme cuenta que, cada persona, es un milagro.