Ya lo sabía. Lo sé hace mucho. Pero hoy he constatado, otra vez, que a las empresas que trabajan para mí, por mi bienestar y prosperidad, les importo una mierda. O menos incluso. Lo único que persiguen es sacarme todo el dinero que pueda con una sonrisa en los labios y una ordeñadora de dinero. He buscado frases en Internet para ilustrar mi decepción.

“¡Gracias por comprar con nosotros! Puedes seguir tu pedido en este enlace o hablar con nosotros a través de este correo electrónico”.

“¡Nos encantó el tiempo que pasaste con nosotros! Has sido cliente durante un año, por lo que te enviaremos un cupón especial como regalo”.

“¡Estamos muy contentos de haber podido ayudarte con este desafío! Puedes contar con nuestro equipo si necesitas algo, muchas gracias por elegirnos.”

“¡Tu satisfacción es nuestro mayor objetivo! Nos encanta que te guste nuestro producto. ¡Te agradecemos tus comentarios!”

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Están las que te ofrecen un seguro, porque están preocupados por mi salud, a un supermódico precio, préstamos ventajosísimos a un 18% de interés las tres primeras horas: luego, es el doble… Viajes ilusionantes, sonrisas blancas, arrugas desapareciendo, alargamiento de miembros o aumento de otros desafiando la gravedad.

Todo para mi felicidad. Que ganen dinero es un mal necesario. Se nota en las caras circunspectas cuando te hipotecas.

“Creo que no entendió lo que le estábamos ofreciendo. Los cambios de condiciones estaban perfectamente definidas en el contrato…” Todo escrito en sánscrito clásico adaptado al lenguaje empresarial.

Sigo sin verle la ventaja de engañar a tus semejantes. No soy capaz de comprender cuál es la ganancia de vender tu alma, en el caso de tenerla.