
Me aburren. Mucho. Me aburren las series pues siempre tengo la sensación de que ya lo he visto en algún momento: ese lance, esa violencia, esa ternura.
¡Qué pereza! Tener que esperar tropecientos capítulos para ver cómo el mal, o el bien, ganan terreno en una más que previsible trama en la que los conflictos morales, éticos, torturan a los diferentes personajes que, parecen ser mucho más importantes en su desarrollo personal que la propia trama.
Fastidiooooooo. Que siempre meta un poquito, o demasiado, sexo para que la cosa no pierda su calor. Apelando a lo más primitivo de mi encéfalo, pretenden que me enganche a una historia que se contaría en un solo capítulo. Pero que estiran hasta lo imposible.
Qué coñazo, digo: Coñazo que la fealdad se asocie al mal. O a una bondad que está condenada a muerte pues la belleza exterior es más digerible, menos indigesta que la fealdad: cuernos, babas y cicatrices: trolls, gigantes y cabezudos pueblan las historias que, abusando de los efectos especiales, destripan embarazadas y gatitos para horror de los consumidores.
A veces pienso que la Biblia es la madre de todos los culebrones. Más que los escritores de moda que creen haber inventado la rueda, escribiendo trilogías, pentalogías o tecagaslogías de sienes de libros, la Biblia tiene más capítulos que una serie turca, más muertos que en walking zombis y más milagros que en un anime…
Nada nuevo bajo el sol que diría aquella. Todo para ser resumido en dos frases: “Amar al prójimo como a ti mismo y a Dios sobre todas las cosas”. No deja de ser sorprendente que haya que amar al amor por definición.
Si no se entiende no será porque hagan falta muchos capítulos para descubrir la trama…