
Pues sí. Siempre. Esta temible palabra que, poderosa, es capaz de cambiar el sentido de una conversación, su intención; palabra omnímoda pues sustituye todos los adjetivos, cambiando su significado, para mal o para bien.
Y, por comenzar por algún sitio, siempre hay un buen motivo para traer de la memoria al presente algún pretérito cadáver, para emponzoñar el ambiente, apestar una conversación e instalar el luto en los rostros. Siempre aparece alguien que, como dice el dicho, coge un buen día y lo jode… Siempre hay alguien que cree que su opinión es mucho más importante que la del resto, por lo que hace todo lo posible por llenar de ruido lo que tendría que ser melodía: escombros, lo que ha de ser construcción.
Siempre hay un buen motivo para la sospecha, una razón plausible para reventar una negociación, una excusa para no dialogar: el primo hermano del “te lo dije” y “lo sabía”.
Parece como si lo negativo siempre tuviera una reserva de energía, mayor incluso que lo positivo, para carcomer la vida.
Y creo que, lo mejor, lo deseable, sería hacer de “siempre” la bandera del presente, de la alegría; de una insoportable esperanza, una explosión de belleza, una invasión de dulzura. El escenario del perdón, el gris del agua en las nubes, el timón en galerna, anillo de luz en el eclipse.
Siempre sea el código de desactivación nuclear, artificiero en un campo de minas, desencriptador de misterios.
Que sea el sinónimo del amor. Solo. Siempre.