
Hoy, día de Pentecostés, he recibido un diluvio de enlaces; canciones que cantan la venida del espíritu santo de dudosa calidad, en las que se maltratan los oídos y los ojos con imágenes de flamígeras llamas incendiando el cuero cabelludo de rudos barbudos, y alguna barbuda, llenándolos de traductor, profético y santisísimo espíritu.
Ahí queda eso. Y con la poca misericordia que me tocó en el reparto, escribo sobre ello. ¿Tenía el Espíritu Santo, entre sus dones, el de la verdad? Creo que si. Pero todo no vale. Letras manidas, voces sin alma: Enormes truños en nombre de la propagación de la buena noticia. Más que hacerle un favor, se le da una patada en los cojones al Espíritu, causando la más fervorosa de las risotadas y el consabido comentario de que, por el Evangelio, se hace todo lo que sea necesario.
Y hemos visto salir de pozos de inmundicia orquestas en las que los violines eran latas y los chelos, barriles; de la humildad de la basura, nace el reciclaje; se dota de nueva vida lo desechado y la música puebla el vacío de los toneles…
Pero, lo que hay en la red, supuestamente para mayor gloria de Dios, es un purgante: Lejía de lavandero para quien ande buscando sentido a su existencia: Una concertina alrededor de la Buena Noticia.
Así, todo esto, bajo el paraguas de la Humildad: Vituperado nombre que significa “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”.
La Humildad a la que apelan quienes nos maltratan la sensibilidad con ese desparpajo, esa falta de misericordia, es soberbia.
Porque es soberbia disfrazar la incompetencia de humildad.
Hay cosas que, ni resucitándolas, tendrán vida.