Durante la Historia, con h mayúscula, hemos constatado una idea repetitiva que, por inútil, no se desestima pues siempre vuelve la mula al trigo, tira la cabra para el monte o cualquiera otro chascarrillo con animal presencia: se practica el intento se borrar sistemática y brutalmente a los pueblos que se consideran, no son dignos de hollar el suelo que caminan. Y pueda parecer una buena idea pues, siguiendo con lo de los chascarrillos animales, “muerto el perro, se acabó la rabia”. No importan ni la opinión del perro, futuro finado, ni la rabia, tan odiada y repudiada, tú… (por afinar un poquito, diré que llamar perro a un pueblo no está bien: no)

Pero ¡Oh maravilla!, vemos que no: que adoptando soluciones finales, tan discutibles, tan irreparables, los problemas no se solucionan. Se mantienen hasta que adquieren la edad adulta en la que se intenta de nuevo, con menos cargo de conciencia, la dichosa solución.

Que digo yo que podríamos preguntar a los asesinos porqué: si valió la pena, si, en realidad, no se estaban matando a ellos mismos pues la boca del fusil apuntaba a otro ser humano… No podemos preguntar a las víctimas. El sutil detalle de que un cadáver no vive para contarlo se olvida tan fácilmente como fácil es apretar el gatillo.

Respirar, contar hasta diez mil millones hasta que se nos pase la estupidez y seamos capaces de dialogar son buenas estrategias: de principio. Aprender de los partos pues tanto dolor trae una alegría infinita, infinita esperanza. Tatuarnos en la mente y en las manos que matar nunca es una opción. Y que la solución final pasa por amar a otros pueblos como amas al tuyo.