Como tantas veces, ahí está; en la esquina de la tienda de audífonos, entre dos semáforos, cuatro caminos. El comercial haciendo su labor de repartir los panfletos de siempre. Ya van años, ya… Y ahí está. Un señor de origen africano (no sé cómo poner esto sin que parezca racista, porque decir un señor negro de grandes dimensiones y enorme sonrisa no está bien visto).

El producto es el mejor del mundo. Es un vidente africano llamado MAESTRO KIPNGETICH. He buscado su significado, de origen keniata: “nació cuando las vacas son llevadas a pastar por la mañana después del ordeño”. Lleva 26 años según versa el papelito; es un gran e ilustre vidente africano. ¡Ayuda a resolver diversos problemas con rapidez y garantía! Es chamán, médium espiritual mágico, con poderes naturales; los problemas que suele resolver son enfermedades crónicas de drogas y tabaco, problemas matrimoniales, recuperar el amor, los negocios, judiciales, quitar hechizos, suerte, depresión… Lo hace inmediatamente y con resultados positivos y garantizados al 100% de tres a siete días como máximo. Horario de 8 a 22.

Con semejante joya, cualquier millonario se haría de sus servicios; o cualquier muerto de hambre. Pero llama la atención que lleve 26 años y que no haya mejorado el sistema de promoción. Creo que debe ser bueno para los demás; pero no para sí…

Esto me lleva, como siempre, a mí, que canto el Evangelio. El mejor mensaje del mundo, la felicidad más profunda… Y soy tan feliz como un camello en el ártico. Mi gesto circunspecto habla de todo lo contrario. Y me pregunto si no seré chamán capaz de curar la impotencia e incapaz de transmitir alegría. La responsabilidad no puede pesar tanto que me aplaste, me asuste, me acobarde.

Que decir “Este es el sacramento de nuestra fe” no sea un sortilegio sino una convencida y esperanzada declaración de principios.