Somos muchos. Ciertamente. Y lo que más nos une es ser humanos. Perdón por la obviedad, pero es pertinente para lo que quiero decir. Por mucho que queramos establecer fronteras, ficticias o reales, religiosas o morales, somos humanos. Con todos los errores: pero también con esos vestigios de genialidad que hacen avanzar a toda una especie.

Esto último, la genialidad, se ve contrarrestada por meteduras de pata gloriosas: “un pasito palante, María; un pasito patrás.” Y, los pasitos patrás son los intentos de adueñarse de verdades desde una secta parte, alícuota si te viene mejor, de aquellas y absolutizarla, dotándolas de una notoriedad que no les pertenece. Es un lugar: un país al que denomino Talibania.

Talibania tiene estados: Fanáticolia, Intransigentistán, Exáltadon, Transidólatra, Intolerantia, Extremistan del norte y Juligán. Todas se reconocen perfectamente por los dialectos que hablan, pues tienen una misma raíz. Quien habita esas regiones, los entienden: pero no los aceptan como oficiales pues el único válido es el suyo.

Y así, metastasizados por la visión de túnel que los caracteriza, matan y mueren creyendo que su verdad es la única y verdadera.

Lo más gracioso es que se creen originales. Pero los habitantes de Talibania están extendidos por todo el planeta. Y todos son los mismos perros con distinto collar: en la penumbra que habitan, como los gatos, todos son pardos. Hablen el idioma que hablen, todos ladran las mismas insensateces pues es condición indispensable para adquirir la visa de Oro carecer de sensatez.

Y bueno. Están colonizando el poder. Sirven al dinero en nombre de cualquier Dios. Se aman a sí mismos sobre todas las cosas y nunca supieron el significado de las palabras Responsabilidad, Honestidad y Justicia.

(de la Empatía, ni hablamos)