ef38f292eCuando veo la gente en pateras, me parece algo casi irreal; son capaces de dejar atrás la tierra que les vio nacer para buscar algo mejor. Sus vidas valen tanto como lo que pagan hasta el momento que embarcan: Ahí, ya no valen nada.

Los que consiguen llegar a tierra, creen haber llegado a buen puerto… La historia la conocemos. Comienza otro peregrinar para poder ser considerados refugiados. O quedar en tierra de nadie, a la espera de la expulsión.

Muerte o prejuicios. El pan de cada día. Llegan a la Tierra Prometida y ella abjura de todas los acuerdos.

Presos del limbo legal deambulan por nuestras calles. No caen bombas, ni hay balas silbando cerca. Pero tampoco son tratados como iguales. Les hieren nuestros comentarios. Les laceran nuestros prejuicios. El colmo llega cuando los ves, describiré un caso de hoy, a un padre y a un hijo paseando por el supermercado mirando lo que hay. Pero sin poder comprar nada. Los gritos de un niño malcriado queriendo cualquier chuchería contrastan con la extrema educación de los que se limitan a mirar. La manera de agarrarse al brazo del padre acuchilla mi conciencia.

¿Cómo ser fraternos sin faltar al respeto debido? ¿Cómo no herir su dignidad?

Mientras yo, bienpensante de pro, intento solucionar mi conflicto, ellos sufren la condena de Tántalo, hambre y sed eternos, sin haber cometido ningún delito.