
“La ley de la oferta y la demanda es el principio básico sobre el que se basa una economía de mercado. Este principio refleja la relación que existe entre la demanda de un producto y la cantidad ofrecida de ese producto teniendo en cuenta el precio al que se vende el producto.”
“El consumidor tiende a comprar productos cuya necesidad ha sido correctamente identificada; sin embargo, existen productos que dan cobertura a necesidades aún no detectadas por el target. Veremos de forma breve cómo crear necesidad de un producto para vender más.”
En el medio en el que yo me muevo, las premisas antes definidas se manifiestan de igual modo. La gente tiene hambre de algo a lo que muchas veces no se le sabe poner nombre (necesidad). En muchos casos, ese vacío, ese silencio sonoro que aturde, te lanza a intentar llenarlo de cosas.
La trascendencia, lo inexplicable está en todos los seres humanos. En el primer mundo, a partir de la negación de esa dimensión, nos hemos dedicado a crear necesidades y productos que están pensados para llenar cualquier oquedad…
Los creyentes podemos ejercerlo en varios campos. Avanzar, investigar, navegar el silencio, meditar… Modos de vida que te hacen salir de tu comodidad pues comprendes que no puede ser el egocentrismo más descafeinado del mundo, aquel que se busca a sí mismo pareciéndose cada vez más a quienes le rodean, creando una sensación de seguridad gregaria, el motor de todas las cosas; o nos podemos refugiar en la práctica de las prácticas religiosas como baluarte y aval de que, lo que creemos, es lo verdadero descartando cualquiera otra posibilidad.
Podemos buscar nuestra identidad en movimientos religiosos, órdenes terceras de órdenes religiosas; contemplativos, filantrópicos buscando el bien de todos los hombres.
Todos ellos, en el proceloso mar de la oferta que nace a partir del hambre que no se sacia con nada comestible…
La diferencia que hay entre el mercado y de lo que estoy hablando, esa es a mi juicio la trampa, es creer que inventar la rueda en pleno siglo XXI es posible. En multitud de ocasiones he visto cómo la comida rápida que pretendía mitigar el hambre de muchos consiguió crear descreídos, lobotomizar la fe, domesticar el Evangelio, embalsamar el Espíritu: En vez de ser razón de esperanza, me convertí en taxidermista de la Palabra.