
Lo que escribo es importante porque es lo que quiero decir, contar… Resulta casi cómico decir algo así, como si fuera raro. Y, sin embargo, el cómo lo escribo, la tipografía, es importante.
Si quiero contar algo que tiene una pátina feliz, el tipo de letra será liviano, suave, pues la carga la tiene el significado y no el significante. Sin embargo, cuando quiero describir un suceso luctuoso, no se me ocurre usar la anterior fuente: pondré alguna que evidencie pesadez, pesadumbre, oscuridad: todo aquello que asocio al hecho que estoy dibujando con palabras.
Y me puedes decir, que en tu archivo de fuentes, no está la que estoy usando. Por lo que, probablemente, te resulte incongruente el contenido con el continente. O que tu experiencia con respecto al hecho relatado tiene diferentes matices que piden otro tipo de tatuaje en el documento.
Es lo que tiene la originalidad de cada vida. Percibimos en función de una experiencia absolutamente personalizada, de personal e íntima; si lo que describo es asumido por una gran mayoría, la cosa es sospechosa pues está puenteando al individuo y ha exportado una forma unificada de vivir el hecho.
La muerte de Jesús es como la tipografía. Dependiendo de cómo describo el lance, será en negrita y color rojo púrpura o quizá una American Typewritter, en la que se limitarán a describir, como si fuera un informe forense, las heridas del difunto.
El enemigo del ser humano quiere poner fin a la esperanza que supone el mensaje de Jesús con su muerte. Su vida y su tipografía fueron totalmente nuevas: no había fuentes que se ajustaran a su parámetro. Por ello, era temible por desconocida: mas no por ser un mensaje disruptivo y esperanzador: cargado de vida, preñado de luces: imposible de ser retenido por la oscuridad, la mazmorra, de una tumba.
Escribió en blanco sobre blanco: parecía que no estaba escrito. Pero, cuanto más tiempo pasaba, más claramente se hacía legible la luz… más y más.