
Pisar sólo las baldosas negras. En un suelo que es un tablero de ajedrez es divertido. Lo puedes hacer a la pata coja o con los pies juntos. Un ejercicio en el que el cálculo y el equilibrio van de la mano. Si pisas una blanca, caes por un imaginario pozo de profundidad desconocida…
Lo que se plantea como un juego, se hace modo de vida. Y hace que tu visión se circunscriba a las negras, rodeadas de pozos blancos o a las blancas, rodeadas de columnas negras. Pero nunca son un conjunto: Antagónicas, perfectamente definidas, están condenadas a una guerra muda.
¡Qué fácil es plantear una vida desde el litigio con los que nos circundan! Vencer o ser vencido. Pero, la posibilidad de que no haya armisticios donde pisotear la dignidad del vencido, no se contempla. Mas, es la misericordia, la ausencia del conflicto como alternativa única, la que tendría que ser la mejor de las soluciones.
Pienso mucho en todo esto porque estoy agotado. Veo como cada uno recorta su cuota de verdad y se instala en un juicio maniqueo: lo mío o nada. Y, lo más sangrante, es la insoportable capacidad que tenemos de recordar: memoria a corto, medio y largo plazo. Memoria que trae al presente conflictos que huelen por lo corrupto de su abordaje, por el tiempo transcurrido, por que ocurrió hace mucho… Creo que el pasado es inmutable. Si: inmutable pues no se puede modificar. Si hubo injusticia, es un aviso a navegantes, pero no una patente de corso que podemos invocar para seguir siendo injustos.
Si fue la injusticia un agravio a la humanidad, aprendamos del error. Perdonemos la angustia, la desesperación que clama venganza, por la innegable necesidad de paz, de perdón; si nuestras ideologías nos enfrentan hasta el punto de no reconocernos como hermanos, quizá tengamos que reconsiderar el modo de pensamiento para ponderar por encima de todo, el indisoluble vínculo que nos une a todos los hijos de la tierra.