Mapas. ¡Qué maravillosos documentos donde se plasman las sinuosas formas de las costas, los ríos y lagos, valles y cordilleras, si son físicos; si son políticos, vemos las artificiales fronteras con las que cortamos a los anteriormente citados con la aleatoriedad propia de quien pone vallas al campo, un velocímetro a la brisa, un compas a las olas…!

Con una impresión de calidad, los países tienen distintos colores; y, lo que antes eran regiones, ahora tienen otros nombres: distintas acepciones de lo mismo.

Los que los diseñan, incluso los que antaño los dibujaban, eran conocedores de lo que estaban tatuando en el papel: servirían para navegar mares tenebrosos, el final de la tierra mientras ellos seguían dibujando; dibujando caminos que otros surcarían, caminarían… Aguas y desiertos de los que no probarían la sal, no sacudirían la arena de sus pies.

Y hay una disciplina la mar de interesante que tiene mucho que ver pues es fuente para los dibujantes: La Topografía. Eso que antes hacían algunos de ir caminando, colocando el Teodolito y diciendo a los obreros que colocaran las miras, para modelar sobre el plano la orografía, profundidad o planicie, de cada lugar que trabajaban…

Los topógrafos saben lo que es el calor bajo el sol en un desierto, el agua en una vaguada, la lluvia y el viento. Cuando tomaban el tiralíneas y trazaban las curvas de nivel, sabían lo mucho que duele caminar durante horas, lo que pinchan las zarzas, las garrapatas que se agarran al pantalón…

No dibujan de oídas. Describen los campos con milimétrica precisión. Y, cada uno de ellos es un pequeño paso para los mapas, un retrato hecho de sudor y empeño.