A través de la historia y en un alarde de estupidez sin par, el hombre se ha empeñado en demostrar lo poderoso que es infligiendo dolor a sus semejantes. De todas las maneras imaginables, se ha empecinado en causar daño individualmente, con magníficas sesiones de tortura en multitud de lugares: ya en plan institucional, ya en períodos de guerra donde, parece, todo está permitido.

Matar niños, mutilar ancianos: mutilar niños haciéndolos soldados para que luego, tras un aleccionamiento digno de cualquier animal con rabia, hagan exactamente lo mismo con otros. Perpetuar el miedo, arrancar las uñas, quitar la piel a tiras. La creatividad de la irracionalidad es casi infinita. La violación de mujeres como arma de guerra es de las más utilizadas pues es uno de los objetivos fundamentales de la vida (nacer, crecer, reproducirse, y morir). Experimentar placer mientras el terror atenaza la mujer violada. Lo de plantar un árbol y escribir un libro es para nenazas. Robar la dignidad a la mujer, arrebatándoles su albedrío, criando al hijo que no quiso: el hijo del que la violó. Así no olvidará qué puede volver a pasar.

Tierra quemada. Cubrir la tierra de sal para que nada crezca, pues los cascos del jinete de la guerra esterilizan los campos, demuelen el futuro, amputan la alegría.

Pero lo que parece ser el ejercicio más practicado no es, para nada, el poder, el verdadero poder. A quienes lo practican les llega la muerte igual que a todos. Viven con el temor a ser asesinados pues los gritos y llantos de todos los muertos, como el fantasma de las navidades pasadas, vienen a visitarlos en el resto de conciencia que les queda. Por eso viven en torres de marfil, a salvo de que los maten, pero no de la muerte. Presos del miedo que infligen, huyen inmolando inocentes: más, muchos más.

Ríos de sangre, océanos de lágrimas, sinfonías de gritos, pretendiendo huir de lo inevitable.

Por eso, me veo en la obligación de desvelarles un secreto: los asesinos más grandes de la historia, hasta hace cien años, están todos muertos. Porque el poder, el verdadero poder, True Power, no es quitar la vida: Es darla, es devolverla. O, en su defecto, respetarla.