
Es ese vacío. La angustia a la que no le pones nombre… Bueno. Quizá la puedes calificar con un apodo, un mote cariñoso porque hace mucho que nos conocemos. A veces ruidosa, a veces silente; siempre opresiva, presente. Como el zumbido de la corriente eléctrica en los cables de alta tensión. Si pones la oreja pegada a la tierra cerca de las torres, puedes oír el constante fluir de voltios en su carrera. Si pegas la oreja…
Y convives con ella. Sólo en tiempo de crisis se dispara la tensión que perturba el interior. Y es entonces cuando te das cuenta.
“Te lo dije, tú pudiste, me lo prometiste”. Todas esas afirmaciones que yacen en el fondo de la bondad sin condicionantes: las que verdaderamente importan porque sólo pueden ser dichos a quienes son tuyos, saben tu nombre, conocen tu historia: sin biógrafos… Quienes saben tu nombre.
Aquella que te recuerda la pureza de intenciones, la verdad sin maquillaje, la felicidad sin recursos. Y lloro. Se acongoja mi alma porque recuerda mi compromiso de velar por quien me ama, me conoce, me respeta y valora. Un millón de razones que, a voz en cuello, saben que es verdad, que vale la pena.
Una lágrima es verdad. Cada una traza un sendero nuevo en mi cara buscando llegar al corazón y encontrar aquello que dejé en el olvido. En el olvido.
Ese vacío. Esa angustia.