
Me recorre las entrañas. Comprime mis pulmones hasta casi no poder respirar. Culebrea por las arterias, venas y capilares: No deja un rincón por emponzoñar…
Y me muero. Dos veces; quizá tres… Muero desde el preciso instante en el que siento que soy infiel a mí. En ese nanosegundo, abrasado por la incoherencia, la más absurda de las mentiras, la muerte de las garantías que busqué para no caer en lo que más odio. Muero cuando juzgo. ¡Y juzgo tanto! No hay nadie que se libre del avezado inquisidor que ha ido afilando su criterio a lo largo de los años y ha perdido el norte, el propósito de su misión: Ejercer la misericordia que, gratuitamente, recibió para poder compartirla con quien encontrara…
Y muero, ay, como muero. Una hemorragia interna que me inunda y me muere sin remisión pues ni siquiera sale: se queda dentro, pútrida, nauseabunda, estancada…
Es el veneno que me envejece cada vez que rompe su encapsulamiento; el que me aleja de la teoría, me hace perder el norte, justifica mis miserias; me hace vivir esta dualidad que me desgarra de parte a parte por la mitad.
Veneno que justifica mis mediocridades, abre heridas en mis dedos, en mis ojos, en mi alma: cortes que apenas aparecen duelen como si hiciera mucho tiempo que aprendieron cómo hacer un daño atroz, como si ya conocieran esta mi casa, este aspirante a pecio.
Y el único antídoto es observar, comprender y caminar. En cada uno de los lances, como un mantra, ser como un niño. Un niño muy pequeño, pues sólo después de mucho tiempo descubro que es ahora cuando puedo elegir, cada día, ser un niño: Quien confía sin experiencia, ama sin conciencia, sonríe sin hipotecas.
Y así, todos los días, habrá de ser. La experiencia no será un lastre en mi memoria para fusilar a los reos: será combustible para recordarme qué y cómo quiero vivir.