
La Verdad es un absoluto: algo inmutable pues ES vengan de donde vengan los vientos. Lo es para todos y cada uno de los seres humanos de este planeta. Y del resto de los vivientes. El fuego es una verdad para el bosque y para la olla. El frío es verdad para el esquimal y para los guisantes congelados del súper. Y, por supuesto, es algo que…
No interesa pues nos es más útil siendo una relativa formulación de la realidad sujeta al devenir de los intereses de quien intenta introducir una modificación a su descripción. La muerte es más muerte cuando me afecta a mí. La falta de agua es mucho más insoportable si soy yo quien padece su carencia… Sed, muerte.
Por eso la reformulamos como Posverdad. Un palabro inventado por quienes quieren bautizar con otro nombre lo que ya es reconocible por el suyo. Con ello, te apropias de ella y, al adueñártela, parece que la creó quien la renombró. Y, durante un tiempo, parece que el nombre es, más que otra cosa, un mote del que mofarte.
Pero el Amor, ay Amor… El Amor es verdad, es fuego, es frío: no es relativo ni está sujeto a normas. Por eso es urgente mercantilizarlo desde la más tierna infancia. Para que sea sólo un producto de primera necesidad, como el papel higiénico; de ese modo, se utiliza y se desecha sin contemplaciones siendo que es una aberración: Un tesoro que se acumula en la planta de reciclaje, donde se reubicará en terapias, oenegés y granjas para animales abandonados.
La verdad es el alma del Amor. Con todas las imperfecciones que el ser humano añade a su torpe ejercicio, con sus mentiras, errores, descuidos y cansancios: con sus presupuestos y porsupuestos, sus ingenuidades y sus silencios, tan elocuentes…
A veces crepita leve mas no muere: Tormenta solar: y no abrasa. La Verdad es el Alma del Amor. Y eso se traduce a toda la existencia, toda vivencia, toda consciencia.