
La guerra de cada día: esa que te obliga a olvidar quién eres, omnipresente. Decides y huyes. Te ves obligado a esconderte, a no decir quién eres por temor. Te arrancas de tus raíces y das vueltas creyendo que podrás volver a algún lugar reconocible. Pero, al comprobar que eso no ocurrirá, te embarcas en una travesía incierta, un viaje doloroso… Y, cuando llegas a la tierra que dicen que era la prometida, comienza el viaje de nuevo, pues no hay casa reconocible, paisajes familiares… Y de nuevo, la soledad, es tu compañera. No hay trabajo, no hay hogar: es el limbo: el purgatorio entre el infierno del que huyes y el cielo que buscas.
Vivir en un lugar que no conoces. No saber cómo será el futuro, dónde está el norte; desconocer la lengua, las costumbres. Recordar dónde están tus cimientos y ver que no es tu tierra la que pisas.
Ser un extranjero, un inmigrante en busca de una vida mejor bajo unas estrellas que no están en su sitio. Canciones que se parecen, pero no son las que te sabes…
El viaje a la alegría se parece demasiado a ser un refugiado.