Hoy he llamado por videoconferencia y no me ha respondido. Al principio, me ha preocupado un poquito, tú sabes… Estará dormido, ¿estará bien? La batería…

Este tipo de llamadas, suponen la constatación, a través de los sentidos que se ponen en juego, de que el interlocutor está ahí. No hay dónde esconderse y el maquillaje es fundamental.

Pero, de pronto, he sentido que no me preocupaba el otro lado: me preocupé de mí, pues el espejo que supone te hace existir para otro. Y eso es existencia.

La soledad sin espejos es la muerte: un candil sin aceite, una bombilla sin electricidad…

La inexistencia.