
Hoy en leído que han condenado a los asesinos de Víctor Jara a penas que oscilan entre los 8 años al encubridor y 25 años a los autores. La firma de estos últimos fueron cuarenta y cuatro balas en su cuerpo.
Un hombre armado con su voz, su conciencia y convicción y la guitarra contra la violencia bruta, obscena, inmisericorde, sorda, salvaje, de militares que, por razones que no analizaré en el presente escrito, estimaron oportuno abandonar un cuerpo cosido a balazos en la vía del tren.
¡Cuánto miedo da la canción cuando puede aprenderla todo un pueblo! Musitándola, mascullándola cuando está prohibido cantar porque pone en peligro la patria que puede matar como una mala madre a sus hijos, olvidando que son de su propia sangre.
Sangre que sangra desde las 44 heridas. Cada una de ellas lleva una nota del pentagrama, una cuerda de la guitarra, un grito… Una canción molesta que riega la tierra sembrada de esperanza por los versos de Víctor.
El cuerpo del cantautor chileno tenía 44 impactos de bala: 2 en la cabeza, 6 en las piernas, 14 en los brazos y 22 en la espalda.
¡Cuánto miedo puede llevar a matar de tan infame guisa a un cantor!
“La pluma es más poderosa que la espada” dijo Edward Bulwer-Lytton. Yo digo que la canción es más fuerte que las balas, el tiempo, el dolor y la rabia porque late en el corazón del pueblo: es sangre que se desborda, memoria indeleble.
El 16 de septiembre se cumplirán 50 años de su muerte.