“Por la Iglesia, por el Papa, por el colegio episcopal, los presbíteros y diáconos, roguemos al Señor”

“Por (intenciones específicas que marque el calendario litúrgico y la coyuntura, que vivimos en este mundo…)”

Y, al final, pedimos por todo el pueblo congregado ante ti: la última, en la que estamos el resto de los que forman la iglesia.

“Por mí, por todos mis compañeros y por mí primero” decíamos cuando jugábamos de niños al “Esconder”. Y es exactamente la misma sensación que tengo cuando escucho esta fórmula de oración de los fieles. Primeros los consagrados y luego el vulgo.

Y siempre me asalta la misma duda: Cuando se habla del pueblo congregado ante ti, los primeros, ¿no están incluidos?

Cuando se habla de pueblo consagrado, ¿no estamos incluidos?

Llámame tiquismiquis, pero me resulta extraña esa separación entre ellos y nosotros.

Resuena en mi interior lo de que “seamos uno para que el mundo crea”; y las palabras definen la realidad: la condicionan y modelan. Hablo hoy de lenguaje inclusivo: no ese que pretende hacer lo mismo, modelar el paisaje, de forma interesada. Hablo de la inclusión que hay dentro de una familia: la que no te libra de ningún problema, pero en la que sabes a quién perteneces…