¡Te quedan 1000 acordes!

Un escalofrío recorrió todo mi ser. Nunca había pensado en la posibilidad de que hubiera un número finito de acordes, pero me llegó la carta y me asusté. ¿Cómo va a ser eso? Tengo dedos, una guitarra y muchas ganas de cantar donde pueda. Debe ser un ardid para que compre un bono con ilimitados acordes…

Pero era cierto. Los dedos empezaron a doler. Cuanto más tocaba canciones que me hacían feliz, mis articulaciones ardían, crujían, se debilitaban y ensordecían la belleza de cada uno de ellos.

¿Qué haré sin la música de mis dedos, sin los ratos con la guitarra, sin cantar himnos contra la guerra, cánones a favor del equilibrio, a la belleza?

Aunque me queden muñones: cantaré al ritmo de sus golpes. Serán mis pies los que dibujen el coro.