“El latido del colibrí alrededor de la flor, el sonido de su lengua libando; el zumbido de sus alas, como corriente alterna en el alma mismo de los cables de cobre, excitados por el paso de los voltios a una intensidad amperiosa, imperiosa… Pongo atención y escucho la marcha de las hormigas por la tierra: cómo sacan trocitos de tierra del hormiguero; y el rodar de aquellos, entonando un atronador alud, diminuto; La respiración de las lombrices, fertilizadoras de la tierra, mientras horadan sendas bajo la hierba: ¡Ay hierba que me despiertas cuando creces bajo el orvallo y la luna llena, que mueve las olas, con sus manos blancas…”

Este párrafo, extraído de un libro inexistente, de un autor desconocido, cuyo título es “YO SIENTO OCHENTA Y UNO”, relata las experiencias del sujeto que, en contacto profundo y desconcertante con la vida, decide en función del conocimiento que las sensaciones le van proporcionando: Y extrapola una realidad que ha de ser asumida por el resto de los vivientes como verdad inmutable.

De la lectura imposible de tal título, lo que yo extraigo es, que no se puede vivir en función del plano sintiente. Yo siento, yo percibo, yo elucubro en mi subjetividad arcana algo que el resto del universo no es capaz de definir siquiera.

Después de este derroche imaginativo, (ahora soy yo mismo, desde mi mismidad mismamente), me atrevo a decir que es un error conceptuar y extrapolar al resto de los mortales desde el yo sintiente como absoluto. Si de algo me sirve esta capacidad, es para la Empatía, valor escaso como tierra rara y tan necesario como el mar para los amaneceres en la playa.

Me resulta más interesante el plano consciente: de la inteligencia, de la experiencia que modifica mis actitudes y me hacen crecer: deslocalizarme, compartir…

Por todo lo anteriormente expuesto, quiero expresar mi dolor por todos aquellos que, en todas las guerras pasadas y los conflictos, presentes y futuros, Dios no las quiera, habéis perdido a alguien que amabais. Y no tenéis tiempo para el duelo, porque es vuestra vida la que está en juego. Su vacío es atronador, imperceptiblemente perturbador, aplastante, demoledor; asfixiante y cegador. Un abrazo. Os comprendo. Nunca llegaré a percibir el olor de las flores de los ausentes. Pero mis lágrimas, lloran con las vuestras.