¡Pues no que el otro día va la Parca, se me presenta con aparato eléctrico, humo infernal y todas esas cosas y me dice que me tengo que morir! ¡Qué fuerte! ¡Me parece muy fuerte, le dije mirando las vacías cuencas de sus ojos!

Me enseñó todos los documentos que, por triplicado, certificaban que era mi hora, que no era una equivocación y que no tenía tiempo ni para decir mú. La verdad es que me sentó muy mal.

Como el culo me sentó porque todas las cosas que tengo pendientes y que siempre pospongo porque hago otras que no tienen la menor importancia se quedaban sin facturar: sólo presupuestos, sin impuestos ni nada… Digo sin facturar porque, de facto, se quedarían en el olvido, el limbo de los debería.

Como un tiro en el pie, me sentí estúpido por las canciones que no escribí; todas las que no canté a coro con los que me importan.

No era la hora de mi muerte. Era el punto y final porque hubo, antes, muchos puntos y coma, puntos y seguido, suspensivos. Pero no quise darme cuenta. Tantas advertencias, señales que me gritaban que la vida es un bien escaso. Pero soy consumista y me lo como todo. Era el fin de una historia en la que empecé a morirme cuando creí que la vida era mía y que podía gestionar los tiempos, las estaciones, el ocre del otoño. Y me di cuenta de que las series de zombis son una road movie de mi vida. Muertos que caminan…

Y le pregunté si había algún arreglillo, algo que pudiéramos apañar para intentar corregir la situación. Porque me viene fatal morirme ahora. Y fue entonces cuando me enseñó noticias en la tele en la que la gente se iba de fiesta sin mascarilla, los abuelos morían solos, las empresas cerraban para no volver… y me preguntó si podría hacer algo. No supe qué decir. Quizá por eso era el momento de desaparecer.

¿Qué vas a hacer tú?