Caminar. Deambular. Correr. Huir. Saltar. Creer. Mi vida es una secuencia de verbos que formulan el movimiento. La cinemática impulsa mi corazón. Mi alma, dinámica, se nutre de cada paso. A veces, a ningún lado; otras, a remotos lugares que estaban tan cerca, tan lejos como mi voluntad de trascender me empujara.
Son tantas las ocasiones que soy un náufrago, un robinsón; cuando me niego a mirar porque me asusta el ruido de fondo.
Pero hay veces, algunas veces, que se detiene todo.
El tiempo, el profundo terror a haber malgastado mi vida, hace que se hinchen mis pulmones. La sangre se coagula en mis venas, se transmuta en agua y arrastra el miedo. Vuelve a latir tras un eterno milisegundo mi corazón de hombre, recreado en el de un recién nacido. Lloro por la nueva oportunidad de vivir a tumba abierta.
Y esas veces, todas y cada una de ellas, que eres tú quien me acoge. Me abrazas y me quitas este frío, este glacial aliento que sólo tu voz puede fundir.
Hay veces que sólo deseo tu abrazo.
Te quiero.