¡Y cómo!

Cuando era pequeño y lloraba, estaba mucho rato haciéndolo. Sentía una intensa tristeza que acongojaba mi corazón. Lloraba porque podía y porque necesitaba hacerlo. Las lágrimas recorrían el camino que antes otras habían hecho por mis mejillas hasta la frontera de la mandíbula. Allí caían al vacío. Y esperaban la compañía de las que venían detrás.

La respiración se volvía entrecortada y, como un hipo, movía todo mi cuerpo.

Lloraba hasta agotarme. Pero era un cansancio que agradecía porque necesitaba que mis lágrimas arrastraran desde dentro todo lo que me entristecía. La sal era el jabón perfecto que limpiaba mi dolor, mi rabia: La ira por equivocarme o por cualquier importante razón que un niño pudiera tener.

Ahora no sé llorar. Lo único que hago es enroscarme. Entonces, la presión aumenta en mi interior y eso hace que alguna lágrima asome; sólo cae cuando aprieto fuerte mis ojos y caen solas, sin compañía.

El árido dolor quiere consuelo. Pero el mar de lágrimas que soy sólo es un lecho seco, una herida infectada.

Tengo que aprender de nuevo.