El cambio climático dejó ya de ser un motivo para imprimir en camisetas, muy chulo oiga, para ser una preocupación real. Una amenaza global que sentimos, sobre todo, los que vivimos en el primer mundo.

Porque, los que están jodidos desde tiempo inmemorial, no saben de cambio climático. Un día se parece mucho a otro. Un mes, parece que no camina el calendario pues todos son iguales. La tierra no guarda memoria del agua pues la sequía hizo polvo las peñas más duras; los campos son cementerios de sí mismos pues están cubiertos de sus propias cenizas.

Los niños, habitualmente son de color oscuro, tienen unos ojos desmesurados. Son enormes porque la hambruna tiene el poder de despojar los cráneos de grasa, de volumen, los músculos; y de saliva, la boca que entona un lamento monotono. Los ojos, abiertos sin compasión, no lloran: gritan mudos. Y nadie ve su alarido, nadie extingue sus sollozos Las madres, esclavas del tedio y la costumbre, rompen la tierra para enterrar la esperanza. Y a sus hijos, que nunca la tuvieron.

Yo me pregunto si los muertos de hambre creen en Dios. 

Y, de ser así, a qué Dios rezan.