Relativamente fácil. Cuando me di cuenta: cuando se fueron dando tímidos pasos… Titubeando, pero con firmeza, hubo acercamientos que, al final, devinieron en ¿lo intentamos? Fue entonces cuando el mejor tejado fue el cielo estrellado, el mejor tresillo, un tronco; la mejor chimenea, una hoguera en medio de la era… No hacía falta más.

Ahora se necesitan más cosas. Ni mejor ni peor. Pero parece que, para dar contenido a los actos de amor, los abrazos imprevistos, la sonrisa tonta, hace falta un guion: ajustado al momento…

Es ahora cuando me da por extrapolar y siento que, con Dios, pasa algo parecido. Como ya referí en otras ocasiones, en la primera carta de Juan, en el capítulo cuatro, versículo ocho, Dios es definido como amor: AMOR. El estado perfecto, pues todo lo perdona quien todo lo ama: quien siempre ama pues no puede negarse a sí mismo. Si el credo se traduce en actos que necesitan de una equipación específica, unas palabras concretas, unos bastones distintivos, unas medallas colgadas, unas misas super solemnes… Allí donde, si falta algo, lo sagrado es menos sacro, la luz es más tenue, la sal sabe menos…

¿Os imagináis exigiendo a vuestros hijos amor incondicional a través de un imperativo como el que encabeza el presente texto? El amor no sabe de formas predeterminadas. Es infinitivo, necesario para definir el paisaje, pues es la intención: principio y fin; El participio no existe para el amor porque es siempre movimiento, acción: en la vida y en la muerte, es gerundio.

Como dice la canción “Dios es verbo, no sustantivo”. Curioso. Juan 1, 1.