Prefiero la anestesia, como algunos no dudan en calificar cualificadamente, de mi credo a la ausencia de preguntas. Elijo creer como motor de la vida a la claudicación frente al inevitable final. La inevitabilidad como certeza es abrumadoramente individualizadora y excluyente. Por lo que elijo aquella alternativa que me hermana, me iguala, me acerca a la realidad que nunca quise mirar, pero a la que sí estoy inexorablemente vinculado.

Razonables, plausibles, inapelables argumentos que me asientan en el cimiento hormigonado de la racionalidad que todo lo explica, todo lo comprende… menos la necesidad de preguntarse sobre lo que no tiene explicación: la trascendencia que se extiende por los espacios intervertebrales, el citoplasma celular y las noches en vela.

Por favor: ¡Ahorradme este despliegue de medios que pretenden anular lo que nos hace humanos! No es la tecnología la que nos derribó de los árboles para caminar a dos patas, bípedo implume; es la necesidad de responder a las preguntas concernientes al tiempo y lo inexplicable. Calificadlo como anestesia: yo lo nombro libertad.