
Si eres productivo, tu vida tiene valor; es algo que constato todos los días. Me siento muy bien cuando me planteo el día, planifico y ejecuto las acciones con la mayor de las diligencias, cubriendo los objetivos…
Y tengo siempre una musiquilla de fondo, como la de los ascensores, la de los aeropuertos: tan impersonales, tan igualitas todas como las galletas María: y es aquella que me dice que, si tuviera una enfermedad incapacitante, ¿podría ser feliz? Y es algo que me aterra responder porque la respuesta es, hoy por hoy, NO.
Y miro. Y veo en la calle gente con Hemiplejia, con sillas de ruedas eléctricas, madres con sus hijos, paralíticos cerebrales, en los cochecitos adaptados: Y contemplo el paso de ancianos que apenas levantan las babuchas del suelo, aquellos que hicieron del bastón, báculo pues el plano se define por tres puntos…
Y pienso que, si tuviera que sufrir, preferiría morir porque no quiero ser carga para nadie; tampoco quiero vivir encarcelado en mi cuerpo ni añorar cualquier segundo pasado donde fuera dueño de mis esfínteres.
No sé dónde me llevará la vida. Pero me gustaría vivirla cantando canciones que valgan la pena ser cantadas: muchas veces. Compartir la mesa y lo que haya con quien quiera compartirla conmigo, porque sabe quién soy, porque sabe qué soy… Quiero amar, como dice la canción, sin costumbres.
Quiero creer que la vida es un regalo. Hace mucho tiempo que lo es. Y todo empezó en mi concepción.
Por ello, con mirada nostálgica, comparto una canción en blanco y negro.
“As time goes by”