“¿Tardas mucho en salir? La verdad es que más de lo que yo quisiera. Siempre hay algo que retrasa los horarios: los niños, los padres… ¡Qué sé yo! Y ahí estás tú: tan fiel como siempre y teniendo que esperar. Y, ¿qué me dices del ritmito que tenemos que llevar? Deseando que estás de echar una buena caminata… y tienes que ir a paso de tortuga.”

Este es sólo un fragmento de la imaginaria conversación que tendrían dos perros cuando se encuentran al salir a la calle. Se conocen, pues las rutinas son similares. A veces incluso, tienen que madrugar para que los humanos que los sacan a la calle puedan hacer otras cosas;

“Mis humanos me están recortando la ración porque dicen que estoy engordando: tendrían que verse ellos, que apenas caben en el sofá.” En este, podemos advertir cómo los cánidos, que viene del inglés Can, que es poder, hablan de “sus” humanos. Porque la línea que separa quién es quien posee a quién, el dueño o la mascota, se torna difusa.

Y lo más interesante es cuando los perros son privilegiados espectadores de la discusión entre humanos de si le ha olido demasiado el culo a mi perro o si le ha hecho, jugando dice el otro, un arañazo. Para solaz y esparcimiento, mientras salivan pensando en la compensación culinaria que recibirán al volver a casa por tal estrés postraumático…

Y el mundo al revés vuelve a dar una vuelta rotacional en la ilógica que no comprende la locura en la que estamos inmersos. Los fabricantes de juguetes no piensan en los niños: son para mascotas en general y perros en particular; quienes hacían leches especiales para bebés ahora formulan piensos especializados para la osteoporosis canina temprana.

Las clínicas veterinarias son tan monas. Digo monas por sugerir algo mucho más animal…

Ver discutir a los dueños de dos perros por cualquier cosa que haya podido pasar entre sus mascotas dice muy poco de nosotros.

Pero bueno: Al can, can y, al vino, vino.