En los pájaros, es una manera de hacerse notar. Con el canto, sé si hay una Tórtola o un Gorrión. Y, dependiendo del canto, sabes si están en el cortejo o, simplemente, diciendo que aquí estoy yo.

En mi caso, siento que es más fuerte el deseo de cantar. Y no estoy cortejando a nadie ni diciendo que aquí estoy sino porque tengo la certeza de que las canciones pueden cambiar la historia. Y es así por la fuerza de las letras que, siendo tinta sobre papel, se hacen fungibles cuando viajan del corazón a los pulmones, al aire: patadas de rabia, escupitajos a la cara, dardos a la conciencia, caricias y abrazos al amor …

Cantar, como contar historias, se transmuta en memoria para no olvidar, en linterna a través de la umbría, en pañuelo que enjuga las lágrimas por lo que fue, por quien fue, por lo que no volverá.

Cantar es la quimioterapia que nos arde en las venas y arranca algo bueno y mucho malo de lo que vive dentro.

Es el privilegio de ser fénix tras la ceniza.

Canta. No importa cómo. Es urgente.

Cuestión de vida o muerte.