
Paso por delante de una tienda todos los días. Una luz neutra invade toda la estancia y los estantes están cuidadosamente colocados para que los clientes se paren, comparen y esas cosas que hacemos los consumidores. En la puerta hay un retrato, una foto, que me llama mucho la atención. Al principio era por lo atractivo: los brillos y el modelo que sustentaba la propuesta gráfica. Pero después empezó a ser como una chicharra dentro de mí.
Es un derroche de lujo y glamúr. Y, sin embargo, lo que percibía era una pesada carga, un mensaje negativo que me va haciendo daño.
Es curioso cómo, en el tiempo en el que se nos ofrecen derechos como si los tuviéramos, así porque sí, se nos venda un producto con un collar con una argolla. Se parece mucho al que llevan los perros.
Grandes o pequeños, los collares caninos rodean su cuello y tienen una argolla donde enganchar la correa con la que su universo se circunscribe a los metros que quiera el dueño darle de libertad.
Dueño. Libertad. Collar.
Un collar de lujo para que el perro que lo porta sepa a quién pertenece. Para que lo luzca con orgullo. Para que muestre con orgullo su esclavitud.
El lujo no deja de ser un rodeo que va dando la cadena.