Supondré que tengo derecho a opinar. Daré por supuesto que hay igualdad de trato. Ambas premisas son osadas pues la estética y la experiencia me dicen que no somos iguales.

Sigamos yendo al teatro para ver las mismas tragedias; escribamos las mismas obras para refrendar lo que ya sabemos, obviando las ventanas abiertas;

Generemos más caspa para combatir a los champús; que los desodorantes huelan a sudor para ni barruntar la frescura de la higiene; ensuciemos la ropa para que no se vean los lamparones que tiene el traje: luchemos por la paz, que es supercoherente.

Demos a luz cientos, miles de cofradías para confundir lo sagrado con el sahumerio, la acción social con la fraternidad de todos los días… demos de lo que sobra a quienes nunca tendrán nada para solaz y esparcimiento de nuestra conciencia.

Aventemos movimientos de usar y tirar: Crearemos así sagas de experiencias, como trilogías, pentalogías o lo que coño quieras poner a la -logía. Todo para el mejor y más saludable proceso digestivo, sin grasas saturadas ni sospechas de la novedad que sólo el Espíritu crea, cuando nos deja a la intemperie. Lo de siempre, lo mismo, envuelto en novedad.

Combatamos la Vida. Como dicen hoy por hoy en Gaza, “Ya no hay ni vivos ni cadáveres: sólo muertos de hambre”.