Te voy a dar un consejo. Cuando lo haga, me lo devuelves.

Porque parece que la única manera de aprender aquello que permanece de forma residente, inerte, dentro de mí, es compartirlo para que alguien lo traiga a mi conciencia: su voz es la llave del conocimiento que siempre estuvo en mí y que, por conocido, siempre ignoré.

Lo que me repugna de los demás es lo que me asquea de mí. Y es entonces, en ese instante, cuando me doy cuenta de cuán necesario es el espejo de un semejante: te ves retratado, luz y taquígrafos, no hay donde esconderse. Y, cuanto más viejo soy, más afilada está el bisturí con el que me disecciono al escupir al otro sus malas artes: pero más difícil tengo poner remedio a este desprecio, esta nausea que siento…

Lo que me asquea de mí es lo que me repugna del otro. Pero el cerdo no se da cuenta de lo mal que huele la zahurda. La mierda de otros nos es familiar pues tiene algo cercano, reconocible.

Por todo esto, me doy un consejo mientras lo comparto contigo: Sé misericordioso. Es lo menos que podemos tener con nosotros. Perdona, pues es la medida del amor. Reinicia. No hay tiempo que perder.